Todo un festival de diversión donde el guion lo escribes tú.
Así es Human: Fall Flat, donde, con una estética muy particular, tenemos que ir resolviendo desafíos, pero con las físicas de un Flubber, lo que hace que la cosa sea difícil, caótica, pero tremendamente divertida. Su mayor virtud es convertir el desastre en parte de la diversión, especialmente cuando juegas con amigos. No tenemos historia que nos guíe ni grandes escenarios, pero incluso sin eso es uno de esos juegos que te arrancan una carcajada en un día complicado. Todo su gameplay está construido a partir de sus físicas, con varias formas de resolver un problema, pero sin una manera clara de hacerlo. Eso provoca ideas alocadas por parte de los jugadores que acaban o en desastre o en éxito, y eso es parte de su encanto.
Este juego tiene mucha personalidad
Tenemos una sucesión de mundos flotantes, abstractos y algo surrealistas que sirven como escenario para los puzles. En realidad, el juego no necesita mucho más. Su personalidad nace de las situaciones que se crean, del movimiento del protagonista y de esa sensación constante de que todo puede salir regular en cualquier momento. Tiene una identidad clarísima. Cada fase propone una idea distinta, juega con elementos del entorno y te deja suficiente libertad como para que nunca sientas que estás siguiendo un camino completamente cerrado. Esa falta de rigidez le sienta muy bien y, en vez de obligarte a resolverlo todo de una manera exacta, te anima a experimentar en escenarios muy distintos, desde mansiones y castillos hasta montañas nevadas, zonas industriales y parajes con aire azteca.
Vamos a meternos de lleno en la jugabilidad
El personaje no responde con precisión, ni falta que le hace. Sus brazos parecen ir por libre, los saltos tienen un punto de improvisación y cualquier maniobra simple puede convertirse en una escena ridícula, y esa es precisamente la idea. Por eso sus puzles funcionan, ya que no te pide solo que pienses, sino que te adaptes a una forma de moverte poco elegante y muy física. Tienes que observar el escenario, entender qué herramientas te ofrece y luego ejecutar la idea sabiendo que quizá no salga a la primera. Hay niveles donde todo consiste en mover objetos, activar mecanismos o buscar una manera creativa de alcanzar una zona alta. Y casi siempre la recompensa no es solo avanzar, sino hacerlo dejando por el camino un pequeño espectáculo de caídas, golpes tontos y soluciones improvisadas.
Eso sí, a veces esa misma filosofía basada en el descontrol puede jugar un poco en su contra. Hay momentos en los que el personaje resulta más difícil de la cuenta y algunos puzles alargan artificialmente su duración por culpa de unos controles poco finos. Pero incluso ahí el juego suele salir bastante bien parado, porque entiende muy bien cuál es su tono y qué espera quien se pone a los mandos.

El multijugador cooperativo, clave de su éxito
Si jugando solo ya tiene gracia, en cooperativo se transforma por completo. Human: Fall Flat gana muchísimo cuando hay otra persona en pantalla, porque todo lo que en solitario funciona como un puzle simpático aquí se convierte en una cadena continua de momentos absurdos. Coordinarse con otro jugador para mover un objeto grande, ayudarle a subir a una plataforma o intentar abrir una salida entre los dos debería ser sencillo, pero casi nunca lo es, y es precisamente por eso por lo que resulta divertido. Es uno de esos juegos donde el cooperativo local multiplica la diversión. Siempre hay alguno liándola, alguien cayéndose en el peor momento y alguien estropeando sin querer una buena idea. Esa mezcla de cooperación real y caos permanente hace que el juego tenga mucha más vida cuando se comparte.
Este juego tiene mucha personalidad
Tenemos una sucesión de mundos flotantes, abstractos y algo surrealistas que sirven como escenario para los puzles. En realidad, el juego no necesita mucho más. Su personalidad nace de las situaciones que se crean, del movimiento del protagonista y de esa sensación constante de que todo puede salir regular en cualquier momento. Tiene una identidad clarísima. Cada fase propone una idea distinta, juega con elementos del entorno y te deja suficiente libertad como para que nunca sientas que estás siguiendo un camino completamente cerrado. Esa falta de rigidez le sienta muy bien y, en vez de obligarte a resolverlo todo de una manera exacta, te anima a experimentar en escenarios muy distintos, desde mansiones y castillos hasta montañas nevadas, zonas industriales y parajes con aire azteca.
Vamos a meternos de lleno en la jugabilidad
El personaje no responde con precisión, ni falta que le hace. Sus brazos parecen ir por libre, los saltos tienen un punto de improvisación y cualquier maniobra simple puede convertirse en una escena ridícula, y esa es precisamente la idea. Por eso sus puzles funcionan, ya que no te pide solo que pienses, sino que te adaptes a una forma de moverte poco elegante y muy física. Tienes que observar el escenario, entender qué herramientas te ofrece y luego ejecutar la idea sabiendo que quizá no salga a la primera. Hay niveles donde todo consiste en mover objetos, activar mecanismos o buscar una manera creativa de alcanzar una zona alta. Y casi siempre la recompensa no es solo avanzar, sino hacerlo dejando por el camino un pequeño espectáculo de caídas, golpes tontos y soluciones improvisadas.
Eso sí, a veces esa misma filosofía basada en el descontrol puede jugar un poco en su contra. Hay momentos en los que el personaje resulta más difícil de la cuenta y algunos puzles alargan artificialmente su duración por culpa de unos controles poco finos. Pero incluso ahí el juego suele salir bastante bien parado, porque entiende muy bien cuál es su tono y qué espera quien se pone a los mandos.

El multijugador cooperativo, clave de su éxito
Si jugando solo ya tiene gracia, en cooperativo se transforma por completo. Human: Fall Flat gana muchísimo cuando hay otra persona en pantalla, porque todo lo que en solitario funciona como un puzle simpático aquí se convierte en una cadena continua de momentos absurdos. Coordinarse con otro jugador para mover un objeto grande, ayudarle a subir a una plataforma o intentar abrir una salida entre los dos debería ser sencillo, pero casi nunca lo es, y es precisamente por eso por lo que resulta divertido. Es uno de esos juegos donde el cooperativo local multiplica la diversión. Siempre hay alguno liándola, alguien cayéndose en el peor momento y alguien estropeando sin querer una buena idea. Esa mezcla de cooperación real y caos permanente hace que el juego tenga mucha más vida cuando se comparte.